Hace mucho que no nos vemos.
Les dejo un fragmento de algo que estoy trabajando, y un abrazo grande.
La gente nos pasa por al lado
constantemente. Me miran por solo unos segundos, como si supiesen quién soy,
para luego seguir en su camino. Me calzo los lentes de sol y enfilo para lo de
Ángel. Irónico, lo sé. Pero hace un frapuccino casero que te hace creer en el
Cielo. Seguramente es a propósito, pero no lo sé. Hay algunas cosas que incluso
yo no me atrevo a preguntar. Son pocas cuadras, pese al vendaval humano que nos
rodea. Ambos somos capaces de deslizarnos a través de lo superfluo para llegar
a lo que importa.
Ángel espera en la puerta y, al verme,
levanta la mano para saludar. Le contesto en regla, solo para sentir un golpe
en la axila. Tengo un oficinista incrustado en el sobaco. Siento que intenta
meterse. Como si la respuesta a todas, y digo TODAS (en mayúscula) las
respuestas del Universo estuviesen ahí. Le diría que se equivocó de recoveco...
pero, estaría siendo deshonesto.
-¿Te sentís bien?
Atrás mío, Juan toma aliento. Está
seguro de no saber que pasará a continuación, y eso le aterra. El oficinista
tiene una aureola de sudor en la frente. La corona de espinas del asalariado.
Saca la cabeza, lentamente, mirando hacia arriba. Visiblemente incómodo.
-Disculpa. Perdona, en serio.
Bajo la mano que tengo levantada,
despacio, dubitativo. No sé si aplastarle el cráneo en pleno Florida o
arrancarle la cabeza y ti…
-Que rico antitranspirante.
Ya separó por completo la cabeza de mi
axila; y se lo agradezco muchísimo. No quiero empezar a despachar gente a
troche y moche. Las cejas equivocadas se levantarían, seguramente, suspicaces.
Y, seguramente, empezarían a intentar indagar qué carajo realmente pasó en el
Infierno. Y eso sería malo para todos. Especialmente para mí.
-Sí, nunca me abandona.
El tipo se pega la vuelta solo, y sigue
su camino. El cielo rojo tiene esas cosas de poner pelotuda a la gente. Es
curioso que Juan y yo seamos los únicos que se dan cuenta. El resto parece
demasiado ocupado para darse cuenta que el mundo se está terminando.
-Bueno. Eso salió mejor de lo que
esperaba.
-Sí, la verdad que sí.
Ángel ya se volvió a meter, perfectamente
consciente de lo que viene a visitarlo.
El cuento se llama "Simpatía"
Creo que ese nombre le voy a dejar.
Un abrazo.
3 de febrero de 2018
4 de septiembre de 2017
¿Qué voy a hacer con vos?
-Sí, mira. Metete y gira a la derecha.
La tercera puerta a tu izquierda. Volvete a meter, y espera en esa oficina. Ya
debe estar por llegar.
-Dale. Muchas gracias.
-De nada.
Pobre y patético mortal. ¿Es que nadie
duda de nada acá? ¿Es la manía de dar las cosas por sentado lo que ha dejado a
la Humanidad fija en dónde está? Acabo de mandarlo a una sala de reunión vacía
y con la puerta cerrada. Por supuesto, él no sabe esto. Y aunque es libre de
asumirlo, no lo hace. ¿Por qué? Porque asumir es el lujo del inteligente. Para
el resto… bueno, el resto tiene que preguntar.
Habla por lo bajo, claramente solo. Ni
lo disimula con un celular. Ya se le pasó el ensueño. Ahora sabe. Ahora tiene
un destino fijo, ya no está más perdido. Lo veo entrar, y ya no acompasa los
pasos con su respiración. Perdió la armonía que traía. Todo en él tiembla. Es
como ver a un tipo con Parkinson atarse los cordones, o afeitarse.
Infinitamente entretenido. Pero, aun así, persevera y avanza. Todavía le queda
algo de dignidad. Eso sí se puede ver.
El día empieza a clarear, a pesar de los
mejores esfuerzos del invierno. Son casi las ocho de la mañana. El tiempo se
mueve distinto conmigo en este plano. Es hora de poner las fichas en movimiento,
y comenzar a trabajar. Apago el cigarrillo con el talón y encaro a esta nueva
prisión que diseñé para mí. Hace un par de años que trabajo aquí y me ocupé de
llegar a una posición en la cual pocas personas pueden molestarme. Algunas
personas simplemente están hechas para liderar, para capitanear el barco de su
propio destino. Este cuerpo da para tener estas aspiraciones. Pero, los
primeros aullidos de un cambio naciente llegan a mis oídos. Y son imposibles de
ignorar. Estos cambios han sido dispuestos por mi mano. Al entregar la Llave y
perder las alas, todo ha sido puesto en movimiento. Y lo de perder los cuernos…
eso también ayudó mucho. Al menos, ayudó con esta existencia.
-A ver qué onda…
Media vuelta, y vuelvo a entrar al
infierno. En sentido figurado, al menos.
No es sorpresa que no puedan disfrutar de nada. Pobres humanos. Una vez
que caigan en la cuenta que sus mentes están para mucho más que estar mirando
la pantalla de una puta computadora durante ocho horas al día, será demasiado
tarde. Perderán su vitalidad, su fuerza. Lo perderán todo. Bah, es peor en
realidad… Lo van a entregar.
Los tubos titilan demasiado. Me molesta
el sonido que hacen. Estertores siniestros, intermitentes. Largos momentos de
luz puntuados por instantes de oscuridad absoluta. Paro un segundo, y me llevo
la primera sorpresa de la mañana. La máquina de café no funciona. Y es lunes.
Que hijos de puta que son cuando quieren. Con la primera decepción del día
fresca sobre la piel y la mente, me cruzo con la segunda. Ahí está el pibe,
esperando parado al lado de la sala de reuniones cerrada con las luces
apagadas. ¿Se habrá dado cuenta que la puerta está cerrada? Puedo imaginármelo
intentando forzarla. Hago un esfuerzo para suprimir la risotada. Mi verdadera
naturaleza todavía sale a relucir cuando me río con ganas. ¿Nadie le sopló el
dato que esa habitación es de todo, menos una oficina? Como dije, qué hijos de
puta que son cuando quieren.
16 de abril de 2017
El Retorno de Ridenour
-Hay algo de poesía en toda esta ruina. Si
ellos la hubiesen escuchado, o reconocido su existencia siquiera… tal vez esto
no hubiese sucedido.
El esqueleto habló, ominoso como de costumbre.
La ruina que el mundo era tenía un atractivo particular para él. La recordaba,
cuando estaba llena de vida y movimiento. Cuando el trueno de la Humanidad
colmaba cada esquina de las grandes urbes. Cuando la industria rugía, marcando
los acordes finales de la sinfonía que había sido el siglo XXI. Una sinfonía, compuesta por luces de colores, drogas conceptuales, adblockers y
redes.
O, por lo menos, así la recordaba el esqueleto.
Que había caminado la superficie de este planeta desde que la vida había salido
a arrastrarse. El esqueleto siempre dio unos años de ventaja. Así de confiado
estaba. Tan seguro de su victoria final. Se tomó un momento para considerar, en
retrospectiva, todas esas escaramuzas que le habían regalado nada más que
derrotas.
Juntos, el esqueleto y la niña, contemplaban
las ruinas de la existencia que le rodeaban. Ruinas con cimientos
ensangrentados, enterrados en lo profundo de suelo consagrado.
-No se siente como una victoria, ¿no?
La mujer estaba sentada en el suelo, jugando con
las grietas de una baldosa. La realidad siempre había mostrado grietas; pero,
ahora mismo y con el panorama en cuestión, éstas eran más evidentes que nunca.
-Yo no hice esto -dijo el esqueleto, mientras
abría los brazos como si quisiese fundirse con la ruina y hacerla suya. Pero,
sabía que no tenía sentido; sus manos no estaban manchadas de sangre. Las manos
de la Humanidad, por otro lado… Bueno. No hay más que ver su historia. Desde el
fuego, a la desolación que ahora la pareja contemplaba, nada parecía haber
salido bien. No bien para todos, al menos. Los conflictos dictan, por su
naturaleza, la existencia de un ganador y un perdedor. Una víctima y un
victimario. Un mundo definido por lo binario. Desde un costado del amplio
espectro de la existencia, el esqueleto no tenía aprecio alguno por los
matices. Tal vez, al contemplarlos, la victoria simplemente se le presentó.
Pero esto nadie lo sabe. Ni siquiera él. Hay cosas en este Universo, y en
bastantes otros, ocultas… a las que incluso la Muerte no tiene acceso. Que
desconoce. Y tal vez sea mejor así.
-En realidad… Sí hice esto. Les di cuerda, y
los vi marchar.
30 de marzo de 2017
"...
Se suele decir que Nietzsche, luego de su ruptura con Lou Salome, y en un período de absoluta soledad, aplastado y enaltecido simultáneamente por la perspectiva de la tarea monumental en la que tendría que embarcarse sin ayuda alguna, solía recorrer de noche las montañas que enfrentaban al golfo de Genoa y encender grandes hogueras con hojas y ramas. Él solía mirarlas hasta que se consumiesen. A menudo, he soñado con esos fuegos.
..."
Se suele decir que Nietzsche, luego de su ruptura con Lou Salome, y en un período de absoluta soledad, aplastado y enaltecido simultáneamente por la perspectiva de la tarea monumental en la que tendría que embarcarse sin ayuda alguna, solía recorrer de noche las montañas que enfrentaban al golfo de Genoa y encender grandes hogueras con hojas y ramas. Él solía mirarlas hasta que se consumiesen. A menudo, he soñado con esos fuegos.
..."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)