17 de noviembre de 2018

#workingtitle "No, Gracias" (2)


Si Juan Carlos se preciaba de algo, en su patética vida, era su capacidad para reconocer una mentira prácticamente al instante. No era tanto un mecanismo de supervivencia como era un ejercicio práctico. En última instancia, no era muy importante si le estaban mintiendo, si la mentira no afectaba su vida en el futuro inmediato. Pero, darse cuenta que le estaban mintiendo. Ese era otro juego distinto. Lo único que podía tocarle el orgullo era esto. El resto, bueno… el resto bien podía ser tapado con papel de diario. Se le puede sacar todo a un hombre; su familia, sus posesiones materiales, su deseo de vivir. En última instancia, todo lo que le queda es su orgullo. El último escondite, la última hoja de parra.




Pobrecito, Juan Carlos.
Nadie la pasa bien. En ningún lado.

15 de mayo de 2018

#workingtitle "No, Gracias"


Un día como cualquier otro.
En el que se levanta se hace el desayuno (cuando se acuerda) se ducha con el desayuno a mano (a menudo, quejándose por lo aguado del café) se cambia, agarra la mochila sale a laburar, se olvida de pasear al perro (al cual seguramente culpará por el olor a mierda en el departamento) sube al bondi, no cede el asiento (porque le importa un carajo y encima lleva los auriculares pegados al oído) se baja del bondi, camina hasta el trabajo, la gente de seguridad lo chicanea (tampoco los escucha, porque sigue con los auriculares) firma la entrada y sigue de largo.
Pasos rápidos y esquives diestros lo dejan a pasos de la oficina en la que trabaja, o en la que al menos intenta trabajar, aunque definitivamente le pagan por esa pantomima. Se sienta en el escritorio mientras prende la PC y se dispone a comenzar con sus ocho horas de martirio.
Y todo esto, sin prestar un ápice de atención a todas las voces en su cabeza, gritando en todos los tonos, timbres y acentos posibles que terminara con su vida. En otros idiomas, incluso.

3 de febrero de 2018

Ya sé que hacer con vos

Hace mucho que no nos vemos.
Les dejo un fragmento de algo que estoy trabajando, y un abrazo grande.


La gente nos pasa por al lado constantemente. Me miran por solo unos segundos, como si supiesen quién soy, para luego seguir en su camino. Me calzo los lentes de sol y enfilo para lo de Ángel. Irónico, lo sé. Pero hace un frapuccino casero que te hace creer en el Cielo. Seguramente es a propósito, pero no lo sé. Hay algunas cosas que incluso yo no me atrevo a preguntar. Son pocas cuadras, pese al vendaval humano que nos rodea. Ambos somos capaces de deslizarnos a través de lo superfluo para llegar a lo que importa.
Ángel espera en la puerta y, al verme, levanta la mano para saludar. Le contesto en regla, solo para sentir un golpe en la axila. Tengo un oficinista incrustado en el sobaco. Siento que intenta meterse. Como si la respuesta a todas, y digo TODAS (en mayúscula) las respuestas del Universo estuviesen ahí. Le diría que se equivocó de recoveco... pero, estaría siendo deshonesto.
-¿Te sentís bien?
Atrás mío, Juan toma aliento. Está seguro de no saber que pasará a continuación, y eso le aterra. El oficinista tiene una aureola de sudor en la frente. La corona de espinas del asalariado. Saca la cabeza, lentamente, mirando hacia arriba. Visiblemente incómodo.
-Disculpa. Perdona, en serio.
Bajo la mano que tengo levantada, despacio, dubitativo. No sé si aplastarle el cráneo en pleno Florida o arrancarle la cabeza y ti…
-Que rico antitranspirante.
Ya separó por completo la cabeza de mi axila; y se lo agradezco muchísimo. No quiero empezar a despachar gente a troche y moche. Las cejas equivocadas se levantarían, seguramente, suspicaces. Y, seguramente, empezarían a intentar indagar qué carajo realmente pasó en el Infierno. Y eso sería malo para todos. Especialmente para mí.
-Sí, nunca me abandona.
El tipo se pega la vuelta solo, y sigue su camino. El cielo rojo tiene esas cosas de poner pelotuda a la gente. Es curioso que Juan y yo seamos los únicos que se dan cuenta. El resto parece demasiado ocupado para darse cuenta que el mundo se está terminando.
-Bueno. Eso salió mejor de lo que esperaba.
-Sí, la verdad que sí.
Ángel ya se volvió a meter, perfectamente consciente de lo que viene a visitarlo.


El cuento se llama "Simpatía"
Creo que ese nombre le voy a dejar.


Un abrazo.

4 de septiembre de 2017

¿Qué voy a hacer con vos?

-Sí, mira. Metete y gira a la derecha. La tercera puerta a tu izquierda. Volvete a meter, y espera en esa oficina. Ya debe estar por llegar.
-Dale. Muchas gracias.
-De nada.
Pobre y patético mortal. ¿Es que nadie duda de nada acá? ¿Es la manía de dar las cosas por sentado lo que ha dejado a la Humanidad fija en dónde está? Acabo de mandarlo a una sala de reunión vacía y con la puerta cerrada. Por supuesto, él no sabe esto. Y aunque es libre de asumirlo, no lo hace. ¿Por qué? Porque asumir es el lujo del inteligente. Para el resto… bueno, el resto tiene que preguntar.
Habla por lo bajo, claramente solo. Ni lo disimula con un celular. Ya se le pasó el ensueño. Ahora sabe. Ahora tiene un destino fijo, ya no está más perdido. Lo veo entrar, y ya no acompasa los pasos con su respiración. Perdió la armonía que traía. Todo en él tiembla. Es como ver a un tipo con Parkinson atarse los cordones, o afeitarse. Infinitamente entretenido. Pero, aun así, persevera y avanza. Todavía le queda algo de dignidad. Eso sí se puede ver.
El día empieza a clarear, a pesar de los mejores esfuerzos del invierno. Son casi las ocho de la mañana. El tiempo se mueve distinto conmigo en este plano. Es hora de poner las fichas en movimiento, y comenzar a trabajar. Apago el cigarrillo con el talón y encaro a esta nueva prisión que diseñé para mí. Hace un par de años que trabajo aquí y me ocupé de llegar a una posición en la cual pocas personas pueden molestarme. Algunas personas simplemente están hechas para liderar, para capitanear el barco de su propio destino. Este cuerpo da para tener estas aspiraciones. Pero, los primeros aullidos de un cambio naciente llegan a mis oídos. Y son imposibles de ignorar. Estos cambios han sido dispuestos por mi mano. Al entregar la Llave y perder las alas, todo ha sido puesto en movimiento. Y lo de perder los cuernos… eso también ayudó mucho. Al menos, ayudó con esta existencia.
-A ver qué onda…
Media vuelta, y vuelvo a entrar al infierno. En sentido figurado, al menos.  No es sorpresa que no puedan disfrutar de nada. Pobres humanos. Una vez que caigan en la cuenta que sus mentes están para mucho más que estar mirando la pantalla de una puta computadora durante ocho horas al día, será demasiado tarde. Perderán su vitalidad, su fuerza. Lo perderán todo. Bah, es peor en realidad… Lo van a entregar.
Los tubos titilan demasiado. Me molesta el sonido que hacen. Estertores siniestros, intermitentes. Largos momentos de luz puntuados por instantes de oscuridad absoluta. Paro un segundo, y me llevo la primera sorpresa de la mañana. La máquina de café no funciona. Y es lunes. Que hijos de puta que son cuando quieren. Con la primera decepción del día fresca sobre la piel y la mente, me cruzo con la segunda. Ahí está el pibe, esperando parado al lado de la sala de reuniones cerrada con las luces apagadas. ¿Se habrá dado cuenta que la puerta está cerrada? Puedo imaginármelo intentando forzarla. Hago un esfuerzo para suprimir la risotada. Mi verdadera naturaleza todavía sale a relucir cuando me río con ganas. ¿Nadie le sopló el dato que esa habitación es de todo, menos una oficina? Como dije, qué hijos de puta que son cuando quieren.