3 de febrero de 2019

Progreso, o lo aparente del mismo.

Después del final aplastante de "No, Gracias" (uno de los últimos cuentos que terminé de escribir) me costó mucho volver a agarrar el ritmo al que estaba acostumbrado. Después pasó lo de mamá, y no escribí nada durante cuatro meses seguidos. Pasé mucho tiempo pensando en el libro, incluso sin leer nada de lo que ya había escrito. Resulta que uno no necesita leer para pensar, aparentemente AJAJAAJAJ
Nunca lo hubiese imaginado.
Respecto del libro pensé muchas cosas. ¿Cómo lo iba a armar? ¿Si iba a tener algo parecido a ESE OTRO libro, del cual ya no hablamos, porque los muertos no tienen derecho a réplica? ¿Cuál era el número adecuado de cuentos, y la extensión de cada uno, porque eso parece importante en algún aspecto cuantitativo o cualitativo, incluso?
Y lo más importante.
¿Importa escribirlo?
Ahora, esta puede parecer una pregunta retórica. Porque no tiene un destinatario específico, aunque sí espera una respuesta. De todos modos, calculo que en internet todas las preguntas son retóricas aplicando ese criterio. Y tampoco es el punto.
Le voy a dedicar el libro a la muerte.

17 de noviembre de 2018

#workingtitle "No, Gracias" (2)


Si Juan Carlos se preciaba de algo, en su patética vida, era su capacidad para reconocer una mentira prácticamente al instante. No era tanto un mecanismo de supervivencia como era un ejercicio práctico. En última instancia, no era muy importante si le estaban mintiendo, si la mentira no afectaba su vida en el futuro inmediato. Pero, darse cuenta que le estaban mintiendo. Ese era otro juego distinto. Lo único que podía tocarle el orgullo era esto. El resto, bueno… el resto bien podía ser tapado con papel de diario. Se le puede sacar todo a un hombre; su familia, sus posesiones materiales, su deseo de vivir. En última instancia, todo lo que le queda es su orgullo. El último escondite, la última hoja de parra.




Pobrecito, Juan Carlos.
Nadie la pasa bien. En ningún lado.

15 de mayo de 2018

#workingtitle "No, Gracias"


Un día como cualquier otro.
En el que se levanta se hace el desayuno (cuando se acuerda) se ducha con el desayuno a mano (a menudo, quejándose por lo aguado del café) se cambia, agarra la mochila sale a laburar, se olvida de pasear al perro (al cual seguramente culpará por el olor a mierda en el departamento) sube al bondi, no cede el asiento (porque le importa un carajo y encima lleva los auriculares pegados al oído) se baja del bondi, camina hasta el trabajo, la gente de seguridad lo chicanea (tampoco los escucha, porque sigue con los auriculares) firma la entrada y sigue de largo.
Pasos rápidos y esquives diestros lo dejan a pasos de la oficina en la que trabaja, o en la que al menos intenta trabajar, aunque definitivamente le pagan por esa pantomima. Se sienta en el escritorio mientras prende la PC y se dispone a comenzar con sus ocho horas de martirio.
Y todo esto, sin prestar un ápice de atención a todas las voces en su cabeza, gritando en todos los tonos, timbres y acentos posibles que terminara con su vida. En otros idiomas, incluso.

3 de febrero de 2018

Ya sé que hacer con vos

Hace mucho que no nos vemos.
Les dejo un fragmento de algo que estoy trabajando, y un abrazo grande.


La gente nos pasa por al lado constantemente. Me miran por solo unos segundos, como si supiesen quién soy, para luego seguir en su camino. Me calzo los lentes de sol y enfilo para lo de Ángel. Irónico, lo sé. Pero hace un frapuccino casero que te hace creer en el Cielo. Seguramente es a propósito, pero no lo sé. Hay algunas cosas que incluso yo no me atrevo a preguntar. Son pocas cuadras, pese al vendaval humano que nos rodea. Ambos somos capaces de deslizarnos a través de lo superfluo para llegar a lo que importa.
Ángel espera en la puerta y, al verme, levanta la mano para saludar. Le contesto en regla, solo para sentir un golpe en la axila. Tengo un oficinista incrustado en el sobaco. Siento que intenta meterse. Como si la respuesta a todas, y digo TODAS (en mayúscula) las respuestas del Universo estuviesen ahí. Le diría que se equivocó de recoveco... pero, estaría siendo deshonesto.
-¿Te sentís bien?
Atrás mío, Juan toma aliento. Está seguro de no saber que pasará a continuación, y eso le aterra. El oficinista tiene una aureola de sudor en la frente. La corona de espinas del asalariado. Saca la cabeza, lentamente, mirando hacia arriba. Visiblemente incómodo.
-Disculpa. Perdona, en serio.
Bajo la mano que tengo levantada, despacio, dubitativo. No sé si aplastarle el cráneo en pleno Florida o arrancarle la cabeza y ti…
-Que rico antitranspirante.
Ya separó por completo la cabeza de mi axila; y se lo agradezco muchísimo. No quiero empezar a despachar gente a troche y moche. Las cejas equivocadas se levantarían, seguramente, suspicaces. Y, seguramente, empezarían a intentar indagar qué carajo realmente pasó en el Infierno. Y eso sería malo para todos. Especialmente para mí.
-Sí, nunca me abandona.
El tipo se pega la vuelta solo, y sigue su camino. El cielo rojo tiene esas cosas de poner pelotuda a la gente. Es curioso que Juan y yo seamos los únicos que se dan cuenta. El resto parece demasiado ocupado para darse cuenta que el mundo se está terminando.
-Bueno. Eso salió mejor de lo que esperaba.
-Sí, la verdad que sí.
Ángel ya se volvió a meter, perfectamente consciente de lo que viene a visitarlo.


El cuento se llama "Simpatía"
Creo que ese nombre le voy a dejar.


Un abrazo.